Mostrando entradas con la etiqueta Estado de alarma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estado de alarma. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de mayo de 2020

Evasión

Cuando se levantó la veda al pasado día 2 y nos lanzamos a recorrer los kilómetros que habían quedado en suspenso las semanas precedentes, calles y carreteras se vieron inundadas por una multitud de animales bípedos. Gran cantidad de imágenes ha circulado por las redes sociales y parecen no demostrar un comportamiento exquisito.

Entiendo que debió ocurrir algo semejante a lo que vivieron los perros con anterioridad. No podemos olvidar que incluso los que llevaban años confinados en las azoteas, se vieron, de pronto, moviendo el rabo con tanta intensidad, que más de uno tuvo que ser llevado al veterinario para una cura rápida de incertidumbre.

Con el ganado de la raza humana debió acontecer tres cuartos de lo mismo. Tanto que al segundo día, 3 de mayo, ya disminuyó la afluencia debido a las punzantes agujetas en las piernas de los no habituados. Porque pudo más la novelería que las verdaderas ansias de tomar aire fresco y estirar las susodichas.

Un servidor, cuando se enteró de la buena nueva, hizo un sencillo cálculo. Como no puedo alejarme más de un kilómetro del domicilio, y considerando que mil metros no es distancia suficiente para este cuerpo lozano, trazó una circunferencia imaginaria, cuyo radio mide, precisamente, ese kilómetro. Todo ello teniendo en cuenta la endemoniada orografía municipal. Así, pensé, ninguna autoridad podrá llamarme la atención, mientras me mueva dentro del área del círculo que delimita la reseñada circunferencia.

Así que, en la franja horaria que me corresponde (10 a 12 de la mañana o 7 a 8 de la tarde), salgo de Benito Pérez Galdós, 1, casi en la confluencia con Alfonso García Ramos, hacia Pedro García Cabrera. Cruzo Viera y Clavijo (ya con un pequeño trecho voy tremendamente culturizado) y recorro Godínez en su totalidad.

Ya estoy frente a la OMIC (Eugenio debe estar encerrado dentro porque no lo he visto), en la calle El Medio de Arriba. Mientras la transito en sentido Sur, me percato de los notables deterioros en muchas losetas de sus aceras. Y pienso que no siempre lo más bonito nos sale más rentable. Llego a la entrada hacia la carretera de Icod el Alto (TF-342). Por la Travesía del Pino (antes había dos, pero uno se secó, o lo secaron, o se quemó con los fuegos) haría falta una acera hasta su conexión con Pablo García (acceso al Estadio Los Príncipes), porque los tobillos corren peligro por el tráfico rodado. Lo mismo Domingo y Adolfo (ver foto) lo tienen ya proyectado. Porque no creo que hayan ido a coger papas.

A partir de ahí, son sumo cuidado y guiándote por la raya blanca, vas esquivando la vegetación que invade la calzada. Reitero lo del sumo cuidado, porque existen unas prolongadas curvas que te ponen los pelos de punta cuando sientes que viene un coche a toda pastilla y tú no tienes donde meterte. Piensen en la que da entrada al Camino de Lomito Vaso, la de El Tanque de Arriba (La Sombrera) y el Camino El Nogal y la que precede a la recta donde se ubican la gasolinera y talleres de La Azadilla, una vez pasado el Bodegón La Fogalera (¿o ya no funciona?).

En esa recta, que concluye en la Pirotecnia Hermanos Toste (otra curva que se las trae), también finiquita el radio de mi circunferencia. Así que media vuelta y regreso a casa con el recorrido a la inversa. O a la viceversa, que decía Juan ‘Espuela’ en La Gorvorana. Eso sí, ahora bajando, pero que machaca más las rodillas.

Algo más de 4 kilómetros sin incumplir las reglas prefijadas, porque lo primero que hago al entrar en casa es mirar el reloj. Como mucho 55 minutos, que para un viejito de 71, va que chuta. Con los que me cruzo durante el paseo, pocos, afortunadamente, y guardando las distancias, declaro bajo juramento que el 95% no se corresponde con el colectivo autorizado para esta franja. Es decir, de mayores en riesgo, nada de nada. También te digo que mientras yo espero tecleando alguna bobería a que sean las 10, ya han recorrido varias veces mi calle unas cuantas viejas (más que yo) que salen temprano antes de que haga más calor.

Y esto es lo que hay. Por hoy. Espero terminar la limpieza de Facebook este fin de semana. Pienso quedarme con un puñado chiquito de amigos. De los verdaderos. El resto no lo es. Hasta me he olvidado del cómo aparecieron muchos. Y ya desactivé la cuenta de Twitter. Ligerito de equipaje. Hasta el lunes. Lo mismo entramos en otra fase. Suena a ciencia ficción.

lunes, 20 de abril de 2020

Un rayo de esperanza

Nada he publicado durante este periodo de confinamiento. Las décimas pergeñadas, y alusivas a situaciones vividas en los días de ineludible retiro, quedan almacenadas en la correspondiente gaveta. Salvo las dos o tres excepciones de rigor. Ya se abrirá, vaya usted a saber cuándo, si antes no se me extravía la llave.

El ser dueño de mis silencios me ha permitido, como contrapartida, observar la inmensa generosidad del pueblo. En su práctica totalidad. Los unos, obedeciendo las normas impuestas durante la crisis. Los otros, prestando impagables servicios para que la vida continúe.

Pero ahora que un rayo de luz nos inyecta nuevos halos de esperanza, uno no puede, ni debe, silenciar la súbita aparición de tanto investigador que, de la noche a la mañana, ha puesto en el mercado millones de vacunas para luchar contra el coronavirus. El “conoravirus”, al decir del más eminente doctor de estos contornos isleños. Porque abogados y médicos brotaron debajo de las piedras, cual babosas que se arrastran por el inmundo lodazal, para expandir el yayoloveíavenir. Hasta en los instantes que se requiere solidaridad y entrega, no cejan estos indecentes en sus ínfulas de poner el contrapunto más abyecto.

Tampoco puedo, ni debo, permanecer callado, ahora que otros horizontes se abren a nuestra vista, ante un variopinto elenco de hijos de puta (ver pertinente acepción en el DRAE; no voy a ser yo menos que Pérez Reverte, verbigracia) que pulula por redes y medios de comunicación convencionales y que vierte su mala bilis en unos momentos en los que se demanda mesura y comedimiento. Que se erige en salvapatrias con diatribas que rayan la indecencia más absoluta, más vil, ruin y soez. Que busca réditos de protagonismo escupiendo bichos más peligrosos aún que el maligno expandido por cualquier confín de la Tierra. Que se aprovecha de plataformas, incluso ilegales, para disparar indiscriminadamente contra quienes han dedicado su vida a nobles causas. Abogados de secano que baten récords nadando en piscinas de mierda. La bazofia más indecente que añora retornos inquisitoriales.

¿Ejemplos? ¿Para qué? Son tantos que, quizás, no merite la pena. Aunque, ya puestos, va uno. Puede que no sea el más ejemplar, pero pone de manifiesto el sublime nivel de… los que no tienen vergüenza.

Emisora de radio, carácter público. Una de las tantas que se sostienen con dineros tuyos y míos. A la que llama una de esas paisanas que se levanta cada mañana con el teléfono en la mano y no tiene otra mejor cosa que hacer sino dar su opinión sobre cualquier asunto a debate. Y, de paso, felicitar al conductor del “pograma” por la bazofia propagada y la estopa repartida. Que la señora se cotiza lo que el más contundente lingote de oro y conoce de ciencias lenguaraces… Sí, llámame machista. Se trata de emitir dictámenes –que el que vale, vale– acerca del asunto en cuestión: el estado de alarma. Que se deriva, al (mal) gusto de las cuatro palmeras de turno y contando con la guía espiritual del otro Padre Apeles, hacia los malvados comunistas, causantes de todas las desgracias humanas. ¿Y quién mejor que Echenique para diana de los emponzoñados dardos? A ese vividor extranjero le quitaba yo la silla –porque vino a España para que se la regalaran– y lo subía a dos tablas para que se arrastrara. Y viva San Andrés, el vino nuevo y la pinas calles de Icod y municipios limítrofes. Risas y asentimientos. Cuán de cándida es la ignorancia. Y cuánta maldad en eso que los creyentes denominan alma. Que se cura con unos golpes en el pecho cuando acuden a los templos a engañar al todopoderoso. Tan lejano, el pobre, que no se entera de que se la están jugando aquí abajo.

Son aquellos –los menos– que protestan si el presidente informa. Pero también si no lo hace. Los que rezongan cuando los miembros del Comité Técnico exponen datos en su comparecencia diaria. Pero que discuten las cifras porque ellos disponen de canales informativos mucho más fiables. Los que añoran épocas del palo y tentetieso y disimulan notorias carencias, incluso académicas, con arengas queipodellano porque la guerra permanece activa. Castigo de la divinidad justiciera que cae cual rayo exterminador desde lo alto del brazo derecho de la cruz vallecaidiana.

Ayer me acordé de esta foto que te adjunto y que nos inyecta un potente haz luminoso a través del ‘fonduco’ abierto entre las nubes. Una metáfora, sí, desde luego. Como la cometa (gometa, la mentábamos antes) que ayer tarde vi volar en los aires libres de mi pueblo y al socaire del majestuoso Macizo de Tigaiga. Y como he aprovechado estos días de clausura para registrar los libros que pueblan viejos estantes, miremos el futuro con optimismo porque la esperanza debe mantenernos. Y, a la sazón, desterremos los miedos ante los que siguen empecinados en añorar silencios amordazados. Porque en una situación de excepcionalidad –estado de alarma– no parece muy razonable para este rebenque de la platanera, aunque sí debe serlo para los sesudos analistas, que se demanden consultas a tutiplén como si se dispusiese de todo el tiempo del mundo (y más) y se requiera la adopción de medidas bajo la óptica de normas estándares. La gestión de una situación inédita deberá conllevar fallos incuestionables. Varitas mágicas, las justas. ¿O es que, para no desviarnos del tema, la obtención de las propias vacunas no supone multitud de pruebas, sujetas, claro, a la casuística dispar de acierto/error pertinente?

Bueno, hasta mañana. Y ya pueden respirar tranquilos los que me añoraron durante la obligada clausura. Que los hubo, por supuesto.