
No piso el local de la agrupación socialista en Los Realejos
desde junio de 2019. También te digo que no me han convocado desde ese entonces
a reunión de ningún tipo. Ignoro qué dicen los estatutos con respecto al
periodo de mandato de las ejecutivas. A lo peor es como en algunas asociaciones
vecinales, cuyos cargos parecen ser vitalicios.
Si hacemos la salvedad del grupo municipal, que con sus
cinco concejales intenta capear el temporal llamado Manuel Domínguez (vulgar
copia de la denominación de los huracanes tropicales) y se harta de proponer iniciativas –sistemáticamente
rechazadas por la mayoría popular y luego copiadas de manera vulgar y sin recato
alguno por los abundantes bien pagados–, me da que no soy el único en
manifestar abiertamente que el PSOE en la Villa de Viera no existe. No hay vida
orgánica y la implicación en el tejido social es prácticamente nula. Está
muerto. Fiambre.
No sé si el local de La Cascabela es propio o alquilado.
Pero como nos encontramos en época –por el maldito virus– de reinventarnos,
mejor montamos una churrería y creamos uno o dos puestos de trabajo, que, a lo
mejor, están haciendo falta y siempre habrá gente necesitada.
Si desconozco lo que se cuece –más bien poco o nada– en mi
agrupación, mayor es mi ignorancia con respecto a lo que ocurre en otros
municipios. Pero de ser la situación similar, me temo que en aquellos pueblos
en que la suerte electoral nos ha sido esquiva, muy larga se antoja la travesía
del desierto.
Echo en falta los arrestos de tiempos idos. De cuando las
carencias eran suplidas con imaginación, voluntad y ganas. Ilusión, en suma. De
cuando la militancia significaba compromiso. A cambio de nada. Mejor, a cambio
de penas y sacrificios y de restar tiempo al tiempo para dedicarte a mil
quehaceres. Y no exagero un tanto así. La comodidad nos ha invadido y el
figurar se ha convertido en leitmotiv.
Se está más al acecho de lo que pueda caer, que de volcarse en las necesidades
ciudadanas. Criticamos abiertamente los andares de quienes gobiernan, pero
vivimos de espaldas a la realidad sin transmitir a las gentes propuestas y
medidas de cambio. En suma, no existimos. Somos invisibles a los ojos de
nuestros vecinos.
Seguro que los viejos que aún quedamos en el colectivo
–seres inútiles que chochean sin remisión– añoramos otros mimbres. Que por
razones obvias de edad ya trascienden nuestras posibilidades. Dejemos paso a
los jóvenes, dijimos. Qué bien. Y aplaudimos la loable medida. ¿Para esto?
Maldita la gracia.
De capa caída, titulé. A lo peor me equivoco por benévolo.
Porque ni siquiera se aprovecharon varias oportunidades para incrementar los
índices de participación en la agrupación. Parece que molestábamos. Eso sí, nos
sacaron una foto. Se atrajo gente que fue parte muy activa, que se fue
retirando por diversos motivos, y… nada de nada. Mierda espichada en un palo.
Con perdón. Vuelta a la rutina, a la monotonía al laissez faire, laissez passer.
Cuando uno se mete en algo es para moverte, para intentar
aportar en la medida de tus posibilidades. De lo contrario, siéntate ante la
tele y ráscate el ombligo. Y si no puedes porque tus otras ocupaciones –bajo
enchufe o no– no te lo permiten, un paso al lado.
Como los órganos insulares, o regionales, se hallan en análogas
condiciones –pues son los mismos en (supuestas) responsabilidades públicas y
orgánicas– lo mismo me abren un expediente por díscolo. Y es que, con total
seguridad, las verdades escuecen. Que conste que fui yo el que agarró el
teléfono el 3 de marzo de 2018 (sábado) y llamó a la federal para firmar el
contrato. Como no hay cláusula de rescisión que me impida el procedimiento
contrario, no les voy a dar el gusto de que ni me llamen a capítulo. Confío, no
obstante, que exista alguien en este pueblo –el optimismo que no falte– que
agarre el timón de un barco que aún está
a tiempo de no convertirse en un pecio para siempre jamás. Si fuese mujer,
mejor. ¿Por qué? Porque ya toca. Y están mejor preparadas. Y tienen más agallas.
Y…
Y el resto me lo guardo. Por ahora.
Y como esta situación, otras muchas. Sin iniciativa, sin ganas y sin entusiasmo. Y no vale con decir que los demás andan igual o peor. La política local no se hace como antes, de acuerdo. Pero es que antes sí se hacía política: con los veteranos siendo leales y enseñando.
ResponderEliminarGracias, maestro. Ahora molestamos.
EliminarEl monte nos impide ver el bosque,las elecciones están aún lejos y los reyes colocados,todo a su tiempo y al que no le interese la estrategia ya sabe lo que puede hacer, salud maestro
ResponderEliminarLas elecciones están lejanas aún y los reyes colocados, cada cosa a su tiempo, y al que no le convenga ya sabe lo que tiene que hacer, salud maestro
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