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viernes, 24 de enero de 2020

Las Canarias en peligro (y 2)

Las justificadas alarmas de que ahora se hace eco no ya la prensa española, sino todos los periódicos del mundo, sería por nosotros bendecida si tuviera el privilegio de sacar de su inacción al Gobierno, por lo que respecta á las Canarias. Aunque muchas veces lo hemos dicho ya, conviene repetir en esta hora crítica, para que todos se enteren y nadie pueda llamarse á engaño el día de mañana, que el general Bargés no exige al país grandes sacrificios, que no quiere que se realice aquel fantástico plan de gigantescas fortificaciones que soñó en su delirio de grandezas el general Polavieja, ni pide cuerpos de ejército que vayan allí de ocupación. Nada de eso. Se ha limitado á pedir unos pocos, poquísimos refuerzos, una organización de las reservas sobre las cuales descansaría el cuidado de la defensa nacional, víveres y municiones, nada más. Y eso es lo que, si no se le niega, no se le concede; eso es lo que se le ofrece, pero no se le envía, y todos los esfuerzos del distinguido general no han podido conseguir una cosa tan sencilla como lo es, que en vista de la lentitud y parsimonia con que los presupuestos se discuten, se disgregase de ello lo referente á la defensa de Canarias, y se votara por autorización en dos sesiones, ya que nadie había de regatear las cifras por escasas, ni las peticiones por justificadísimas.

No lo ha conseguido, y ahí está lo de Canarias englobado en el presupuesto de la Guerra. Saldrá y será ley cuando Dios fuere servido. Si entretanto, un enemigo audaz se apodera de Canarias por un golpe de mano, nos limitaremos á vociferar insultos contra el Ejército, y á nadie se le pedirá la responsabilidad de lo que ocurra, ni se fusilará á nadie...

Una vez más volvemos á levantar la voz para pedir al ministro de la Guerra que interese de las Cortes una amplia autorización para llevar á Canarias los recursos pedidos por el capitán general del Archipiélago, dentro de los créditos consignados en el presupuesto y ya aprobados por el Congreso. No somos nosotros los que temen y se asustan de las consecuencias de un posible conflicto que puede estar próximo. Son los periódicos ingleses los que hablan de ocupar las Canarias al primer acto de hostilidad que se le hiciera de donde quiera que fuese; son los periódicos más importantes de España los que, reproduciendo aquellas brutales amenazas, se alarman también y tocan á rebato...

¡Las Canarias están en peligro! ¡Hay que salvar las Canarias! ¿Qué hace, qué piensa el Gobierno, que no se mueve? ¿Qué hacen, qué piensan los representantes del país que no le interpelan, que no le obligan á cumplir el más elemental de sus deberes, la defensa de la Patria?

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Me he permitido la transcripción literal para evitarte los esfuerzos de una lectura más dificultosa. No obstante, van las reproducciones de las páginas (1 y 2) de La Opinión, diario de la mañana, correspondiente al 23 de enero de 1900. Han trascurrido, pues, 120 años. Saca tú las conclusiones pertinentes y establece las comparaciones de rigor. Y si te quedan unos minutos, lee en la página 2 y en la sección de Nuestros Pueblos, el artículo Movimiento de avance, por aquello de lo que, un siglo y dos décadas después, seguimos dilucidando entre las diferencias del Sur y Norte de esta isla. Uno que ha tenido la oportunidad de hurgar en periódicos viejos el apasionante tema de la educación, o instrucción pública, se percata de que las repeticiones o ciclos históricos constituyen una constante.

¡Ah!, no te preocupes, los daré a conocer cuando me saque la Primitiva. Si para publicar de aquí en adelante debo recurrir al limosneo ante las instituciones públicas, que lo disfruten mis nietos cuando se jubilen. Amén.

jueves, 23 de enero de 2020

Las Canarias en peligro (1)

En el Heraldo, en El Liberal, en otros periódicos repercuten ya los ecos de sordas amenazas que resuenan en toda Europa. En el estado presente de la política internacional, la guerra que Inglaterra viene sosteniendo en el África del Sur corre el grave riesgo de no ser un hecho aislado, sino el primer incidente de esa gran conflagración general, tan temida por todas las naciones, pero tan anunciada. Ante la situación que una guerra general podría crear á España por nuestra condición geográfica al extremo de Europa, enfrente de África, sobre el estrecho de Gibraltar, teniendo á las Canarias en el camino del Transvaal y a las Baleares entre Francia y Argelia, hasta los menos perspicaces comprenden que, por fuerza, hemos de jugar un papel en la tragedia que se avecina: ó el que nosotros elijamos, ó el que nos asigne la mala voluntad de los contrincantes. Hoy, como tantas otras veces, España corre el riesgo de ser el campo de batalla de Europa.

Por lo menos las primeras consecuencias de la guerra las hemos de sufrir nosotros. Con el descaro, con la impudicia de que tanto gasto hacen los ingleses, lo dicen ya sus periódicos: al primer acto de hostilidad contra Inglaterra, esta ocupará temporalmente las islas Canarias para asegurar el paso de sus buques al África del Sur.

Nuestros colegas ya citados se indignan, protestan, claman contra las intenciones británicas y se manifiestan, sobre todo, sorprendidos de ellas. A nosotros nos causa la misma indignación la noticia, pero no nos sorprende. Hace mucho tiempo, cuando aquí no se ocupaba nadie de las islas Canarias, nosotros alzamos nuestra voz para defender sus intereses, y en todo este tiempo, constantemente, sin dejarnos abatir por la inutilidad de nuestras reclamaciones, nuestra voz no ha enmudecido ni un momento. Se han sucedido las situaciones políticas, han turnado en el poder los partidos políticos, han cambiado los ministros de la Guerra; sólo no han cambiado dos cosas: nuestro batallar en pro de Canarias y la indiferencia de los Gobiernos constituidos.

Fácil nos sería exhumar textos, reproducir artículos, si hubiéramos de probar esa tesis, si no tuviéramos la convicción de que nuestros lectores la recuerdan. Conocedores de la situación en que se hallan las antiguas Afortunadas, habiendo tenido ocasión de ver sobre el terreno el abandono en que se las tiene, el desdén con que se las trata y que pugna con el interés con que las mira y considera el extranjero, su estado de indefensión, sus inmejorables condiciones defensivas, no nos cansamos de abogar por que se reconozca la importancia de su papel en el Atlántico, los mil y mil atractivos que en si atesoran para cualquier nación potente... Y aduciendo argumentos sobre argumentos, hemos dicho cuáles son sus recursos, cuáles sus necesidades más urgentes.

Hace pocos meses, y con ocasión de haber sido nombrado capitán general de las islas el bizarro general Bargés, hemos encontrado un auxiliar valioso en la campaña, porque el general, rompiendo el molde en que hasta ahora parecían vaciados todos los capitanes generales qué allí enviaba la Metrópoli como á punto de espera para aguardar vacante en la Península, ha recorrido una por una todas las islas, se ha enterado minuciosamente de lo que á cada una hace falta, ha comprendido, con intuición maravillosa, los términos del problema que allí habrá de plantearse y ha sintetizado, en peticiones justificadas, los elementos de defensa que necesita el Archipiélago. 

Por un momento, lo declaramos con toda sinceridad, por un momento hemos creído y hemos esperado. Mientras sólo éramos nosotros los que pedían y clamaban podía admitirse que los Gobiernos imprevisores de España se mantuvieran distraídos. Pero ahora es el capitán general quien habla, es la autoridad superior de las islas quien declara formalmente que si no se le dan los recursos que pide tendrá que presentar la dimisión, para no comprometer su fama de hombre serio y su honor de soldado en la loca empresa de luchar con lo imposible. Hemos creído, si; hemos esperado. El correo y el cable, en competencia, han traído de Canarias á Madrid demandas justas y han llevado de Madrid á Canarias promesas solemnes, compromisos que parecen inescusables...

El tiempo, sin embargo, pasa y nada se ha hecho y nada tampoco se hace. Detenidos por estériles formulismos, los refuerzos ofrecidos no se pueden enviar, los recursos demandados no se pueden reunir. Al cabo de tanto tiempo, cuando tan crítica es la situación de Europa, nada se ha hecho, nada se hace. Si la guerra llegase á estallar, nos encontraría absolutamente desprevenidos. Cuando un pabellón extranjero flotase sobre aquellas tierras, porción sagrada del patriotismo nacional, nuestros Gobiernos estarían aún sin decidir sobre el envío de elementos defensivos á las islas Afortunadas.

(Concluimos mañana)